
Cada cuatro años, ocurre el evento de fútbol más grande del Mundo. La gente de países distintos se encuentran, animan, gritan, lloran, reíen por sus selecciones y en el Brasil no es diferente, el país literalmente se detiene.
Es en la época del Mundial que el amor a la patria aparece. Queda la flor de la piel, como si del resultado dependiera el futuro de la nación. En el Mundial aparece verde y amarillo por todo... es banderas y más banderas en las casas, en los coches e incluso en el edificio del Ayuntamiento.
Durante un mes de juegos, tenemos el ejemplo de ser un nacionalista, un amor fuera de límites dentro de cada uno, incluso aquellos que no les gusta el fútbol.
En ese momento la gente aprende el himno, defende los colores de la patria y jura aún más a los argentinos, es entonces que le encanta el país, olvida los problemas y cree en la inmortalidad de sus once guerreros en el campo.
Algunos dicen que sería bueno si ese amor, ese orgullo no fuera mostrado solamente por un mes cada cuatro años, sin embargo es de esta forma que el pueblo se juzga patriota. Tal vez el día a día tener amor a una patria donde sus gobernantes no dan el ejemplo sea hipocresía, hasta porque el verdadero orgullo de ser brasileño no necesita quedarse expuesto en todos los momentos ni vestirse de verde amarillo todos los días.
Para el pueblo, la forma más sincera de mostrar amor a su suelo es a través del fútbol, un deporte que tienen la mayoría de sus ídolos, personas que vinieron de la misma capa social de ellos, no dando valor a los gobernantes, actores, que a menudo no consiguen alimentar un sentimiento real por su país ni de cuatro en cuatro años.
Si es así que el pueblo muestra su orgullo, amor y esperanza en un país mejor, si es así que el sentimiento es sincero...pues bien, que de cuatro en cuatro años tengamos las calles pintadas de verde amarillo, banderas en las ventanas, banderas en los coches, niños con sus rostros pintados, ¡que sea así entonces nuestro nacionalismo!
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